San Miguel de Allende, Gto.– Entre música, danzas tradicionales, familias completas y expresiones de fe popular, San Miguel de Allende volvió a vivir una de sus celebraciones más representativas: la tradicional Bajada de la Santa Cruz.

Esta manifestación, profundamente ligada a la identidad de barrios y comunidades sanmiguelenses, reúne cada año a peregrinos, danzantes y vecinos que acompañan el recorrido desde el cerro de Las Tres Cruces, también conocido antiguamente como cerro del Meco.
La peregrinación avanza por distintos puntos emblemáticos del municipio, entre ellos Guadiana, El Chorro, Palmita y Valle del Maíz. A su paso, la celebración se convierte en una muestra viva de arraigo comunitario, donde conviven la devoción religiosa, las danzas, la música, las mojigangas y la participación de familias que han heredado esta tradición de generación en generación.

De acuerdo con el director de Cultura y Tradiciones, Acacio Martínez, la Santa Cruz forma parte de las devociones fundamentales de San Miguel de Allende, pues representa un vínculo con el origen, la identidad y la vida comunitaria del municipio.
El funcionario señaló que, por instrucciones del presidente municipal Mauricio Trejo, se mantiene el acompañamiento a las comunidades y barrios que resguardan estas expresiones culturales, al considerarlas parte esencial de la esencia sanmiguelense.

Desde el barrio de Guadiana, uno de los puntos de mayor participación en esta festividad, José Guadalupe González destacó la importancia de que niñas, niños, jóvenes y adultos se sumen a la Bajada, pues la presencia de la comunidad permite que las tradiciones, costumbres y raíces no se pierdan con el paso del tiempo.

La Bajada de la Santa Cruz conserva un importante valor histórico y cultural, ya que reúne elementos de la fe cristiana con antiguas expresiones indígenas, reflejando el sincretismo que ha dado forma a muchas de las tradiciones más representativas de San Miguel de Allende.

Más allá de su carácter religioso, esta celebración también funciona como un punto de encuentro para los barrios, donde la memoria colectiva se mantiene viva a través de la participación comunitaria.

Con esta tradición, San Miguel de Allende reafirma una parte importante de su patrimonio cultural: aquel que no solo se observa en sus calles, templos o arquitectura, sino también en las prácticas que su gente continúa preservando año con año.


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