Cada 8 de marzo, la conversación sobre el papel de la mujer en la sociedad vuelve a tomar fuerza. No es una fecha cualquiera: es un momento para reconocer la larga lucha de las mujeres por tener un trato justo, por derechos que hoy parecen normales, pero que durante muchos años les fueron negados.

Hubo un tiempo en que las mujeres no podían votar, no podían decidir sobre su propio trabajo, ni aspirar a muchos oficios o profesiones. Con los años, y gracias a décadas de lucha, manifestaciones y movimientos sociales, esos derechos comenzaron a abrirse paso.

Hoy vemos mujeres en prácticamente todos los ámbitos: en la política, en la ciencia, en la seguridad, en el deporte, en empresas y también encabezando proyectos y comunidades. Incluso, en muchos casos, son más mujeres que hombres quienes sostienen hogares, madres que trabajan todos los días para sacar adelante a sus hijos.

Pero la lucha no ha terminado.

Hoy, uno de los reclamos más fuertes es poder vivir sin miedo. Que ninguna mujer tenga que temer por su vida al salir de casa, que no haya más feminicidios, que no haya más violaciones, agresiones o violencia que durante años fueron normalizadas o ignoradas.

Por eso cada año las marchas feministas se hacen más visibles en distintas ciudades. Para muchas mujeres, salir a la calle no es solo protestar; es romper el silencio, contar lo que han vivido y acompañar a otras que aún no se atreven a hablar.

Después de caminar juntas, muchas se reúnen para relatar sus historias, denunciar abusos, violencias o injusticias que durante años guardaron en silencio. El objetivo es claro: que otras mujeres sepan que no están solas, que si alguien las lastimó no es su culpa y que alzar la voz puede abrir camino para la justicia.

Y entonces vuelve una pregunta que muchas personas se hacen cada año:

¿Te molestan las marchas feministas?
¿Te molesta que rayen paredes, pinten monumentos o rompan cosas?

Quizá a muchos nos pasó algo similar: pensar que alzar la voz y protestar es válido, pero que no era necesario destruir.

Pero cuando uno intenta mirar un poco más a fondo, la reflexión cambia.

Si alguna de las mujeres que amamos desapareciera, o muriera a manos de alguien… probablemente gritaríamos, rayaríamos, destruiríamos lo que fuera necesario con tal de encontrarla o exigir justicia.

Porque cuando el dolor es tan grande, el silencio deja de ser una opción.

La pregunta entonces no es solo si nos molestan las marchas, la pregunta es: ¿Qué tendría que pasar para que nosotros también saliéramos a gritar?

Y tú… ¿qué opinas? 💜